viernes, 22 de diciembre de 2017

El Studebaker en Ciudad Bolívar

El STUDEBAKER EN CIUDAD BOLÍVAR: 

¡ARRANCA, BERROTERÁN!

Antonio Itriago M.
A comienzo de los años cincuenta, el empresario bolivarense Marco García Delepiani, adquirió de Diego Cisneros (el distribuidor oficial de la marca) la franquicia para vender en el estado Bolívar, con carácter exclusivo, la gama de vehículos Studebaker; la cual incluía sedanes, cupés, convertibles, camionetas y camiones.

Tanto Cisneros como García hacían sus pedidos a The Studebaker Corporation, con sede en Indiana, South Bend 27, EE UU. El segundo recibía los vehículos en la puerta de su casa de habitación, donde funcionaba su negocio de víveres, que atendía no solo a la población de Ciudad Bolívar, sino a los campamentos que comenzaron a formarse para la construcción de importantes obras públicas, entre ellas la vía hacia Puerto Ordaz. Se trataba de una construcción de cuatro pisos, cada uno de ellos de unos cuatro metros de altura, ubicada en el Paseo Orinoco; cuya planta baja albergaba la agencia (ver foto).
De modo pues que al jamón en latas, mantequilla, salchichón, caramelos, bebidas y muchos otros productos nacionales e importados, incluyendo el café Juan Bimba (de su propia torrefactora), que García ofrecía en su establecimiento comercial, se unieron los Studebaker. Un renglón adicional, muy diferente de los que venía trabajando, que debió darle muchas angustias al empresario, especialmente por el servicio de posventa.
En invierno, cuando el caudal lo permitía, los barcos que traían los Studebaker entraban por la desembocadura Boca Grande del Orinoco, hasta el muelle. Cuando el río no permitía la navegación comercial, los carros se quedaban en el puerto de Guanta (Anzoátegui) y desde allí eran transportados por tierra hasta la agencia de Ciudad Bolívar.
Guido Vinicio García Suegart, uno de los hijos del dueño, entonces de unos doce años, recibía los vehículos para acondicionarlos: cambiaba el líquido a base de alcohol, que el fabricante colocaba en el radiador para que no se congelara durante la travesía; eliminaba el termostato; retiraba los tacos de madera con soportes de hierro que impedían el balanceo en el barco; instalaba la batería y demás accesorios; revisaba los fluidos y la presión de los cauchos; y quitaba la capa blanca que durante el trayecto protegía la carrocería del óxido (especialmente cuando los automóviles eran transportados en la cubierta).
Algunos de esos trabajos también se hacían en un galpón cercano, del Sr. Del Valle Silva, en cuyo frente quedaba el taller de la agencia. El lavado y la pulitura de las unidades, muchas veces se llevaban a cabo frente a la casa.
Le pregunté a Guido, hoy arquitecto y muy aficionado a la mecánica, quien es el esposo de mi hermana Yolanda, si recordaba algunas anécdotas de la agencia. Me dijo que en una ocasión su padre decidió probar un modelo especial de Studebaker Commander, con guardafangos recortados, cauchos anchos y transmisión mejorada, conocido como el Explorador (algo parecido al crossover moderno), el cual consideró que se ajustaba a los requerimientos de sus clientes propietarios de haciendas y fundos. 
Cuando lo probaron a las orillas de un río cercano, el vehículo cayó en una “bolsa de arena”, de la cual no pudo salir. El río creció y el Explorador se hundió sin dejar rastro. Al siguiente día, una cuadrilla con pico y pala tuvo que adivinar dónde había quedado, para luego sacarlo con un tractor.
También Guido recuerda con nostalgia, que en su casa tenían un Studebaker Commander convertible, con tapicería de cuero blanco y rojo, cuyo techo retráctil se ocultaba en la maleta con solo accionar un botón. 
El negocio familiar no duró mucho tiempo, pues a pesar de que el Studebaker era un vehículo confiable y con buena aceptación por parte del público, no pudo competir con los Ford y Chevrolet, los cuales ya comenzaban a acaparar el mercado. Además, el señor García atendió con esmero al gremio de los taxistas, sin la debida reciprocidad en el pago de los créditos que les otorgaba para la adquisición de las unidades. Las pocas que lograba recuperar, se encontraban en estado deplorable.
Es difícil saber si en Ciudad Bolívar o Puerto Ordaz todavía existe algún vehículo de los que vendió la agencia del Paseo Orinoco.
En Caracas, de vez en cuando se ve algún Studebaker. Leonardo Casadiego, presidente de la Asociación Venezolana de Automóviles Antiguos y Clásicos (AVAAC) –calamares para algunos–, restauró un cupé President 1955, en dos tonalidades de verde, cuya foto me envió el periodista Alfredo Schael.
Durante años, el Dr. Luis Herrera Campins condujo un Studebaker Lark color negro, el cual después pasó mucho tiempo estacionado frente a su casa de habitación, en Sebucán.
En una de sus gaitas, Simón Díaz coloca imaginariamente a Herrera Campins, entonces candidato presidencial, en varias situaciones embarazosas o comprometedoras, de las cuales sale o se salva ordenando al chofer: ¡Arranca, Berroterán!
Recuerdo haber leído una entrevista a LHC, en la cual aclaraba que nunca tuvo un chofer con ese apellido y que desde su niñez los Torontos le hacían daño. De todas maneras, la expresión quedó muy arraigada en el país y prácticamente constituye un venezolanismo.
¡Arranca! –así entre signos de admiración– según el Diccionario de americanismos expresa: “expulsión, orden de marcharse inmediatamente del lugar”. 
Según se lee en el portal tuBabel.com, “La expresión `Arranca, Berroterán´ se usa en Venezuela para indicarle a quienes nos acompañan la urgencia de irse de un lugar por cualquier razón, ya sea el sitio peligroso, la reunión esté fastidiosa, aparezca alguna persona molesta cuya compañía es indeseable, o se forme un pleito en el lugar...”. Y esa orden, ajena al estilo del exmandatario, es la que se escucha en la gaita. De modo pues, que si el expresidente Caldera fue quien sugirió la palabra millardo, el expresidente Herrera (sin tener nada que ver con ella) popularizó la expresión ¡Arranca, Berroterán!

Leyendas de las fotografías: 1. En la primera gráfica, el almacén del Sr. Marco García Delepiani en el Paseo Orinoco de Ciudad Bolívar, con el aviso: Agencia Studebaker, incluso en las columnas. 2. El concesionario de Diego Cisneros en Caracas. 3. En un rally de 1953, Diego Cisneros con el Studebaker que ocupó el primer lugar. 4. El Studebaker President que restauró Casadiego. 5. Studebaker Lark, similar al que fue del Dr. Herrera Campins. 6. Un anuncio del nuevo Studebaker Commander.


miércoles, 1 de abril de 2015

El Hospital de Niños


Hospital de Niños o Clínica de Niños Pobres, fundado el 27 de enero de 1915 por iniciativa de la Sociedad Médica del Estado Bolívar. Comenzó a funcionar en un local del Hospital Ruiz y Mercedes y a partir del 25 de diciembre de 1930 en el edificio actual frente al Palacio Municipal, restaurado dentro del programa de revitalización del Centro Histórico por el gobierno de España a través del Instituto de Cooperación Iberoamericana para ser destinado como en efecto a un Centro de Medicina Integral que luego fue dedicado a la memoria del médico y luchador social Rafael Montes Navas.